I love is shelter, I'm gonna walk in the rain (Maria McKee, If love is a red dress (Hang me in rags))
Partamos de la idea de que todos alguna vez en la vida hemos llegado a enamorarnos de algo o de alguien. Cuando uno es niño se enamora de su papá o de su mamá, de sus juguetes, de su perro, de ese pollito que se ganó en una piñata. Ya en la adolescencia, con las hormonas saltarinas, uno se enamora de todos los niños, de todas las niñas, de las profesoras, de las modelos en las vayas de Costeña, del rock & roll, de los billares. En la adultez el amor surge con menos frecuencia, pero uno sigue encontrándolo en la carrera, en el trabajo, en los hijos, en la familia, en los amigos y si tiene suerte en la pareja.
Todos irremediablemente tendemos a enamorarnos.
Por estos días, mi amor está más bien en las cosas pequeñas: en mi mamá que es lo mejor del mundo, en mis hermanos y mi sobrino, en unos contadísimos amigos incondicionales, en los zapatos de marca, en mi carrera, en mi ciudad y en el Jazz. Punto, así de simple. No hay más.
Sin embargo, no puedo evitar tener esa incógnita ¿es o no el amor de pareja una fuente infinita? ¿Cuándo se cierra y se abre ese chorro del que mana ese sentimiento tan esquivo que así como nos dá vida nos mata? y lo más importante ¿en dónde se encuentra, realmente?.
No crean que me he vuelto una persona insencible o tan siquiera apática. Es fe en el amor lo que me sigue moviendo en este mundo. Es la total certeza de que por ahí esta buscándonos, a cada uno de nosotros quién realmente nos amará, tal y como somos, sin querer cambiarnos un pelo, sin querer hacernos mejores o peores, sin esperar nada a cambio, sin importar raza, religión y tan siquiera sexo, sin decirnos qué hacer, sin quitarnos el aire. Ese amor que lo puede todo, que lo dá todo, que lo ve todo hermoso. Ese amor que nos llena hasta las entrañas y nos hace dar gracias todos los días con una sonrisa en los labios.
Tengo la fe necesaria, pero la cordura también. A medida que crecemos nos vamos volviendo mucho más cuidadosos, ya no nos lanzamos a la aventura como cuando teníamos 18 años. Así mismo empezamos a tratar con recelo nuestros sentimientos, a esconderlos mejor, a administrarlos con más cautela, sabemos lo que es ser heridos y no queremos volver a sentirlo.
Pero vivir con miedo no es una opción. Vivir pensando en lo que pasaría si decimos lo que queremos, si expresamos lo que sentimos, en lugar de hacerlo, ¿para qué?, al fin y al cabo solo tenemos una vida y seguramente no saldremos vivos de ella, así que ¿Qué más dá?. Amemos, todos los días, seguramente en uno de esos enamoramientos repentinos encontramos al/la que "es".
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