Hace no mucho escuché una de esas historias que lo logran dejar a uno frío, tembloroso, pensativo y con escalofríos.
Esta señora padecía una enfermedad terminal que no recuerdo muy bien cuál era; su esposo se había dedicado a cuidarla lo mejor que podía y su único hijo se había dedicado a seguir con su vida, es decir, practicamente a ignorarla.
Un día el señor salió de su casa a hacer alguna diligencia, el hijo se encerró en su cuarto a hacer algún trabajo de la universidad, a chatear con sus amigos o a disfrutar de alguna revista pornográfica, lo típico de los muchachos de su edad. La mamá murió sola y de la forma más silenciosa posible en su cuarto, a tan solo unos pasos de su hijo sin que él se diera cuenta.
Es un poco terrorífica esa historia, como dije al principio, sobre todo porque es real. Lo que me pone a pensar un poco más y como de costumbre en la gente que tenemos alrededor. En qué tanto le decimos a quienes tenemos al lado que los amamos, que son importantes; en cuánto nos involucramos en sus vidas, en su dolor, en su dicha, en su tristeza; en cuántas oportunidades perdemos para estar con los que amamos.
En estos tiempos en los que mi casa está tan lejos que Jota Dé dice en broma que yo "Vivo donde enchufan el sol", me he dado cuenta de que siempre tendemos a menospreciar el valor de los amigos y simplemente esperamos a que estén ahí todo el tiempo para escucharnos, darnos una mano, para burlarse de lo que nadie más se burlaría, para decirnos a la cara lo que todos prefieren callar; y sin embargo pese a que muchas veces los olvidamos ellos siguen estando ahí.
Si nos ponemos a observar la mayoría de canciones, poemas, libros y guerras de este mundo encontraremos que están dedicadas al amor. Casi todas hablan de corazones rotos, de amores imposibles, de amores realizados, del amor de nuestras vidas, de celos, pero muy pocas veceshablan de los amigos. ¿No les parece extraño?, ¿Por qué será que nos es tan fácil amar a un desconocido y darle todas nuestras palabras, nuestros sentimientos, nuestra vida misma; mientras a nuestros amigos apenas los recordamos de vez en cuando y generalmente cuando pasamos por malos momentos?.
Yo he cometido un pecado que creo que es el que más culpa y menos orgullo me provoca: he dejado a mis verdaderos amigos, por aquellos que son apenas personas que pasan por mi vida. He preferido tenderle la mano a veces a algunos pasajeros que a esos que han estado mucho tiempo y que me han apoyado siempre, sin ningún interés más allá de verme bien. Mea Culpa.
Todo leste preámbulo va, mucho más allá de hacerlos reflexionar o lograr que todos ustedes salgan corriendo y le digan a sus amigos que los quieren o a su mamá que la extrañan o yo qué sé yo, es agradecerle a los verdaderos PARCEROS de mi vida que hayan estado ahí en cada uno de los momentos que los he necesitado, que me hayan enseñado el inmenso valor de la risa, que nunca me juzguen a pesar de mi locura, que me expliquen lo inexplicable y que sin importar que ahora me digan "mosquita" siempre se acuerdan de mí y me hacen saber que me quieren y que me cuidan. Por acompañarme aún cuando estoy un poco lejos. Muchas gracias por ser ustedes y por quererme como soy, ¡por que sí!.
Recuerden que esta ciudad es lo suficientemente grande y acá, en una alejado rincón, en un pedacito diminuto de mundo siempre tendrán un lugar a donde llegar, si algún día necesitan un abrazo o simplemente quieren atravezar la ciudad, siempre serán bienvenidos.
Gracias mis amigos, los de siempre y los de ahora.
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