viernes, 16 de febrero de 2007

A Mao...

Hace 23 años y casi un mes en la maravillosa, extraña, voluble e impredecible Bogotá nací. He vivido siempre en esta ciudad, sólo la abandonaba por algunos días cuando nos ibamos de paseo a algún lugar de Colombia. Jamás he tenido otra casa, ni otro cuarto y casi que ni otra cama. Toda la vida compartí habitación con mi hermana.

Siempre al lado de mi cuarto durmieron mis papás. Me escapaba de noche, con mi oso de dormir en la mano, caminaba algunos pasos para tocarle en el colchón a mi mamá suavemente y preguntarle si me dejaba dormir con ella porque tenía miedo. En las mañanas de domingos, después de que llegaba El Tiempo, nos acostabamos todos en esa gigantesca cama a hablar, a reir, a jugar, a compartir como familia.

Unos pasos más allá estaba el cuarto de mi hermano. Un mundo paralelo donde convivian en perfecta armonía los libros, la bandera de poner el 20 de julio, muchas cajas que albergaban sus cuadernos desde kinder hasta último semestre de Ingeniería de Sistemas, cassettes de varios grupos de los noventa y de las populares "Noches de Viernes" de Los Galakz, revistas viejas, afiches y cuadros que no se dejaban descolgar, el Calendario de Ana Bolena Mesa del año 95 y muchos zapatos y tenis talla 43 regados por todas partes.

Mi hermano es eso: un desorden que siempre está en su lugar. Un buen niño, un gran amigo, un excelente tipo.

Recuerdo que a los 14 años, en ese mismo cuarto, me le acerqué y le pregunté "¿Qué se siente fumar Marihuana?" y el me respondió con amor y con firmeza "No lo hagas, no lo pienses; ese es un mal pensamiento; cuando tengas malos pensamientos échate a dormir, porque dormir cura hasta los malos pensamientos".

Yo sabía que unos meses o años antes él había fumado porro, y como yo era una adolescente que no sabía nada de nada, decidí preguntarle a la persona que sabía que jamás mentía, que jamás me haría daño, que jamás le haría daño a nadie.

En exactamente un mes mi hermanito se casa. Debo confezarles que siento un poco de alegría y más que nada alivio de saber que me va a dejar su cuarto y su cama. Imagínense, tengo 23 años y por fin sabré que es dormir sola, totalmente sola.

Sin embargo, no deja de darme una nostalgia impresionante saber que se va a ir la persona más inocente, pura y sincera que he conocido en la vida; una persona incapaz de mentir, trabajadora, inteligente, desordenada, apegada a sus viejos cuadernos y a sus viejas cajas de Nerds.

Jamás creí sentirme así por la partida de alguien, ahora entiendo que es porque realmente se va un ser amado. Ahora comprendo lo que es sentir verdadera ausencia de algo... y eso que ni siquiera se ha ido.

Afortunadamente quedan los buenos recuerdos, los partidos de Santafecito, los paseos por los museos del centro, los bares de rock de la Primera de Mayo, el Conservatorio de la Nacional, La Luis Angel Arango, el parque de piedra, la droguería de Don Jaime y toda esta ciudad para seguirnos encontrando.

Mucha suerte hermanito... Por acá te seguiremos extrañando.



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