martes, 6 de febrero de 2007

Charlas Surrealistas...

2:30 PM/ Lunes 5 de Febrerode 2007/ 24ºC Bogotá, Colombia


Bogotá es impredecible, misteriosa, en muchos casos solitaria. Uno nunca habrá recorrido todas sus calles, nunca habrá conocido todas sus caras. Nunca sabrá si va a llover o hará sol. Nunca terminará de descubrir la inmensidad del cielo, ni de darle forma a todas sus montañas. Nunca habrá caminado lo suficiente como para no llegar a un lugar inesperado. Siempre verá caras nuevas, edificaciones nuevas, ruinas nuevas, calles nuevas, amores nuevos.

Bogotá nunca deja de sorprenderme.


Voy hacia mi casa en una de esas busetas atestadas de gente, todos en un video distinto, todos preocupados por su propio calor, por su propia humanidad, por su propia pobreza. Nadie se mira mucho. En esta ciudad a la gente no le llama la atención establecer contactos inmediatos; todos nos reservamos algo, todos creemos que algo malo nos va a pasar si le damos a otro algo de confianza. Hemos creado un aura de total susceptibilidad en donde todos caminamos con miedo de lo que nos van a hacer, de lo que nos van a robar, de cómo nos van a herir.

A mi lado se sientan dos niñas. No parecen tener más de veinte años. Una, Ximena (de cuyo nombre me entero en el trayecto), es blanca, rubia, de ojos verdes y muy delgada. Se nota que es humilde por su ropa. Me llama la atención su voz que es muy suave pero muy tosca a la vez; habla como si tuviera muchos más años y muchas más calles recorridas de lo que uno llegaría a pensar a simple vista. A la otra no la alcanzo a ver muy bien.

Conversan de una vieja del barrio a quien quieren robarle un reloj y una cartera. Dice Ximena que a ella nadie la va a humillar con las cosas que tiene. "El Jhonatan es el preciso para hacernos la vuelta. La malparida cree que por que llegó de Japón de Putiar puede venir a chicaniar", dice la otra.

Mientras tanto yo hago lo que cualquier persona en mi lugar, en mi ciudad, haría: hago como si solo mirara por la ventana, creo que los demás pasajeros hacen lo mismo, pero ellas hablan muy fuerte y saben que todos estamos escuchando lo que dicen. Sus palabras tienen rabia y dolor; hay un silencioso lamento por ser quienes son, por no tener lo que no tienen; por haber nacido pobres y sin suficientes agallas para hacer lo que la otra hace; por entregarsele "gratis" a hombres que las han tratado como objetos y ni siquiera las han hecho sentirse menos miserables.

Yo simplemente pienso en toda la situación. ¿A qué hora todo se volvió este paisaje tan oscuro?, ¿cómo es posible que dos niñas envidien a otra por el simple hecho de vender su cuerpo a quién sabe quién para llegar a su muy humilde barrio y hacer alarde de lo que ha conseguido?.

Continuan hablando de sus amores y sus dolores, de sus desengaños, de su falta de amor propio, de su falta de plata, de cuando se comieron a un man en un parqueadero, pero sobre todo de su "amiga" a la cual quieren ver muerta.

No sé qué es lo que habrá pasado con las dos niñas. Lo que si se sabe es que a la prostituta muchas le tendrán envidia y harán lo posible y lo imposible por verla pobre, fea y arruinada.

La envidia hace eso y en esta ciudad, en este país, en el mundo es el peor mal que existe. Porque el pobre siempre debe ser pobre; porque lo importante no es cómo, sino lo que han conseguido; que no tienen para comprarse ese reloj de un millón de pesos, una cartera de quinientos mil y unas gafas Dolce & Gabbana, entonces deciden robarselas. Porque a la mayoría ver lo que tienen los otros simplemente les recuerda sus carencias y esa es una imagen que es insoportable para muchos.

La envidia, la envidia que mata todos los días a miles de personas; que tiene a esta ciudad con tan pocas esperanzas de progreso, porque mientras haya algunos que no soporten la idea de que a otros les vaya mejor que a ellos, seguiremos como estamos y nos undiremos cada día más en ese lúgubre paisaje.

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